Las olas chocaban contra las
rocas al mismo ritmo que el tic tac de su corazón. Era la primera vez que
despertaba, abría la ventana y se encontraba con tan hermoso paisaje. El olor a
mar le recargaba de energía y pensaba que ya no le hacía falta nada más. La
playa estaba desierta, aún era temprano. Echó un vistazo al interior de la
habitación y ahí estaba él, aún dormido enrollado entre sábanas de algodón
blancas. Aquella espalda desnuda la tentaba. Deseaba acostarse a su lado y
recorrer su dedo por aquella suave piel masculina, dibujar en ella todo lo
bueno que le hacía sentir. Él se haría el remolón para que ella no cesara, no
querría que parara. Ella inquieta llevaría su mano hasta lo más próximo a su
axila para hacerle cosquillas. Entonces él se giraría y la atraparía entre sus
brazos, se besarían y se dejarían llevar otra vez por un dulce despertar. Pero
no, se quedó inmóvil otra vez mirando hacia el mar. Necesitaba ese rato para
ella, para empaparse bien de esa libertad que se había adueñado de ella por
completo. Sin quererlo recordó tiempos pasados, y lo único que pudo hacer es
esbozar una sonrisa. Ya le decían que la vida aún no había empezado para ella,
que aún le quedaba mucho por vivir y que la vida era hermosa. En aquel tiempo
ella no veía que fuera posible, pero ahora, en ese mismo instante, apoyada en
aquella ventana, mirando hacia el mar, observando cómo aquel hombre que le
había hecho sentir mujer otra vez sólo pudo esbozar una sonrisa, respirar lo
más profundamente posible para recargar la batería, cerrar la ventana y
acostarse al lado de su presente perfecto…
Dulce dicen que soy. Que veo la vida de color de rosa y que nada me afecta pues las ilusas siempre calzan nubes en lugar de tacones, lloran agua con azúcar y visten con algodones. Algunos temen acercarse a mi para no dañar el frágil corazón que dicen que poseo, de otros evitan darme malas noticias no vaya a ser que no lo supere y los más ignorantes se ríen de mi. Todos opinan sobre lo que pienso o qué me va a lastimar o no. Yo les dejo hacer, que hablen, que se rían, que se alejen. ¿Qué hacer cuando nadie te entiende? Dejar que hablen. En mi rostro se ha dibujado sonrisas cuando por dentro derramaba lágrimas, esas mismas que más de una vez han desfilado por mis mejillas sin que nadie las viera porque me ocultaba, cuando podía, en mi refugio el cual no encontraba cada día. Mi mente ha jugado con mi vida y siempre he sabido ganarle la partida. Siempre existe un mañana y el sol siempre sale, nublado o no. ¿Si lloro delante de ti seré más fuerte? Tal vez si gritara delante de todos y di...
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